Saturday, December 05, 2009

Teletón

Se acerca ese día aciago en el que el más grande representante del oligopolio mediático nacional cosecha los frutos de haberle lavado la cabeza a millones de mexicanos durante semanas, utilizando de manera grotesca y chantajista a cientos de niños discapacitados para recaudar fondos, convenciendo a todo aquel que no haya donado un peso de que es un monstruo desalmado.

No cabe duda de que los ejecutivos de Televisa son astutos. Gracias a ellos, su empresa ha sobrevivido a la caída del régimen del que otrora fue incondicional y encubridora, sobrevivió a la creación de una segunda cadena y ahora, como resultado de la conveniente decisión de incorporar a la discapacidad en su agenda, tiene la solvencia como para darnos clases de ética y filantropismo.

¿Alguna vez se han preguntado la razón por la que, de todas las causas nobles por las que vale la pena luchar en este país, Televisa escogió a los niños con discapacidad y no, digamos, a los niños de la calle, a los farmacodependientes, a los cientos de miles de son repatriados por Estados Unidos y abandonados en ciudades fronterizas, a los millones de niños indígenas que sufren de desnutrición, a los que sufren de violencia intrafamiliar o los que viven la realidad del trabajo infantil?

¿Será acaso que esas almas caritativas tuvieron el "buen tino" de escoger un tema mercadeable, fotogénicamente aceptable y políticamente neutro? ¿Podría ser que esos cientos de miles de niños que trabajan jornadas extenuantes en el campo, que limpian parabrisas en la calle y duermen en alcantarillas son tal vez, un poco, digamos... demasiado mugrosos para verse bien en una transmisión en vivo? ¿No es una maravillosa coincidencia que no se pueda culpar a nadie porque se nace discapacitado, ninguna autoridad a la cual hacer responsable ni exigirle cuentas? ¿No es un alivio que, una vez cumplidos dieciocho años, y habiéndose agotado todo el potencial recaudatorio de un niño en silla de ruedas podamos dejar de ser responsables por su discapacidad? ¡Qué satisfactorio ofrecer a toda la camarilla oligopólica una fuente inagotable de recibos deducibles de impuestos, sin que nadie nos obligue a rendir cuentas de los millones de pesos que recaudamos!

No cabe duda, son muchas maravillosas coincidencias.

¡Dios bendiga a los ejecutivos de Televisa y a la políticamente correcta y jugosamente rentable discapacidad infantil!

Gracias, Teletón.

Monday, July 13, 2009

Adiós, Cadi

Si me preguntaras porqué me gustan los animales, yo te diría, "¿A cuántas especies idiotas has conocido?"

Cadi no era una mascota cosmopolita. Pertenecía a una de esas generaciones de perros que hace tiempo se emanciparon de las ollas con sobras del día anterior, pero jamás conoció la sofisticación de un corte de pelo profesional, ni mucho menos las sutilezas pos-modernas como las terapias conductuales o un spa canino.

Alguna vez mi madre intentó que viajara. Que conociera el mundo, pues. Intentó llevarlo consigo en sus múltiples ires y venires a Toluca, pero ya era muy grande para ese tipo de cosas. Se mareaba en cuanto veía la puerta del auto abrirse, y no dejaba de vomitar todo el camino. Y ése fue el fin de sus travesías.

Jamás fue un perro bien educado. Era noble por naturaleza, aunque también porque el tiempo se encargó de moldearlo. Pero no fue gracias a nosotros. A lo largo de quince años perfeccionó la técnica del control mental sobre la comida. Aprendió que si, miraba un bocado muy fijamente durante largas horas, eventualmente mi madre o yo cederíamos a su voluntad. Fue así como degustó múltiples cortes de carne, hamburguesas a la parrilla y toda una gama de sabores de helado, además de incontables piezas de pan dulce, de entre las cuales jamás pudo ocultar su predilección por las conchas y las donas de azúcar.

Aunque tarde, conoció el amor. Y las malas lenguas dicen que logró convertir a mi mamá en abuela, superando cualquier expectativa que mi madre haya tenido sobre mí en ese particular asunto. Aunque huraño con otros de su especie, siempre saludaba con afecto al schnauzer sal con pimienta y al perro cola de plumero. Y huía despavorido de “Lobo”, el enorme pastor alemán que, a pesar de su rudo aspecto, lo acosaba al grado de la náusea.

Aunque lo extraño, sé que ahora está en un lugar mejor, rodeado de donas de azúcar y lejos de cualquier gato que pudiera brincarle encima mientras duerme, o que utilice su cola como objeto de diversión.

Gracias por darme todo tu tiempo canino y perdona si algún día no supe comprender tus modos perrunos, o si alguno de mis chanclazos fue particularmente severo. Prometo honrar tu memoria y brincarle encima a mis gatos mientras duermen. Sé que me estarás viendo desde el cielo canino y que eso te hará muy feliz.

Descanse en paz

Cadi

(1994-2009)


Sunday, July 12, 2009

Julio en tres actos

1. Cuarto de siglo + 1

Los pasos siempre van dando sorpresas....

26 años puede ser mucho o poco, depende de cómo lo mires. A menudo bromeo sobre lo viejo que me siento con más de un cuarto de siglo encima. Pero, para ser honestos, 26 años es la edad precisa. Hace justo 12 años me preguntaba en qué clase de persona me convertiría, y creo que a menudo dudé en que viviría para contarlo. Tal vez suene exagerado, pero para un adolescente acomplejado y temeroso del mundo, la vida parecía una cuesta arriba eterna.

Sí, ha sido una cuesta arriba. Pero de cuando en cuando una meseta se atravesará en tu camino y podrás sentarte un par de minutos, a contemplar lo que has dejado atrás. A veces extrañarás esos confusos 14, o los osados 19, cuando la resaca no era más que un animal mitológico. Pero, con algo de fortuna, el camino te indicará que mirar con nostalgia al pasado es un ejercicio de indolencia que resulta muy caro. Vivir anclado al pasado hace de tu presente un eco fastidioso.

Me di cuenta el día de mis 25+1. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, entré a la vorágine de vodka, luces destellantes y música a todo volumen. Pero lo hice contigo.

Te tomé de la mano, y todo lo demás desapareció para mí.


2. La lista

Dreams are woven and cast away within the same fabric....

Los engranes de la burocracia se dignaron a escupir la lista de nuestras jóvenes y "brillantes" futuras promesas diplomáticas. Sabía que mi nombre no estaría ahí, en principio porque renuncié a esa oportunidad, forzado por las circunstancias, pero también plagado de dudas.

Pero tu nombre (R.) tampoco estaba ahí.

Y te pido una disculpa, porque sentí rabia. Rabia porque, además de ser mi amigo, eres una persona brillante, con todo el derecho del mundo para estar ahí. Pero también porque me sentí aliviado. "Y si hubiera renunciado a lo que tenía para seguir un sueño -que no era el mío-, sólo para perderlo todo al final?". Por un segundo fuiste mi espejo. Y no me arrepentí de haber renunciado a renunciar. De no haberlo dejado todo para insertarme en la maquinaria de esa burocracia, contra la que ahora despotrico.

Engranes brillantes, pero al fin engranes.

Mil setecientas personas compitiendo en un concurso de popularidad disfrazado de Jeopardy.

¿Aún te arrepientes de no haber sido ungido parte del sistema?

3. Ansiedad

Las sorpresas siempre van inundando los pasos....

Sí, lo confieso. Tengo miedo a lo incierto. Y tengo miedo de que algo malo te pase.

Tal vez porque vivo rodeado de incertidumbre. Y porque en estos últimos meses todas las personas que conozco parecen estar sumergidas en el tumulto de lo impredecible, en un torbellino de ires y venires. A menudo para mal. Tal vez en un vago reflejo de un mundo en tiempos de crisis.

Hace poco, platicando con (Iv.), ella elaboró conmigo su teoría acerca del amor en estos tiempos. "El amor actual se trata de cuidar a tu pareja". Lejos ha quedado la época donde podías ofrecerle estabilidad absoluta ("nunca tendrás que trabajar", "yo me haré cargo" ), una familia modelo ("fami...qué?"), ni siquiera tu virginidad ("eres el primero.....en esta posición"). Lo único que puedes ofrecerle es que cuidarás de él/ella, y te preocuparás por su bienestar. Y prometerle que, en el momento que ya no te necesite, no intentarás darle nada por la fuerza.

Tal vez por eso, cuando (Yh.) me recordaba con tanta nostalgia a su ex novio, el patán que lo engañó hasta que se cansó de verle la cara, me sorprendió que terminara por admitir escuetamente que "lo extrañaba", y que regresaría con él "sin dudarlo".

-Sí, me engañó- proseguía - Pero cuando estaba conmigo, era como si nadie más existiera. Jamás dejó de preocuparse por mí, y estuvo conmigo en mis momentos más difíciles. Siempre me procuraba y, por eso, yo fingía no saber que se veía con otras personas.


Ahora creo entenderlo, aunque tal vez nunca lo asimile del todo (todo tiene límites, pensé) . Pero ahora definitivamente entiendo lo satisfactorio -y complejo- que puede ser cuidar de otra persona (y lo bien que se siente que alguien vea por ti). Tal vez la historia de un Principito domesticando una rosa parlante no sea tan descabellada después de todo.

Sunday, April 05, 2009

Predecible

Te lo advertí. Era sólo cuestión de tiempo para que sucediera.

Y sucedió. Hoy desperté con el corazón lleno de ti y no hubo nada que pudiera hacer para evitarlo.

Tal vez fue el verte feliz ayer, rodeado de tus amigos, mientras soplabas las velitas de tu pastel de cumpleaños. Tal vez es porque yo estaba ahí, al lado de tu familia - la que te ama y te apoya -, mientras yo no podía dejar de verte y sentir que la ternura me envolvía.

No, no puedo describirlo. La vida me regaló ese privilegio y no hay forma de que pueda pagarlo.

No tengo cómo pagar el que ayer hayas desterrado de mí hasta el último resabio de egoísmo. Porque ayer tu felicidad fue mi felicidad. Porque entendí que, cuando tú estés arriba, yo estaré ahí para celebrarlo juntos y, cuando caigas, te ofreceré mis brazos todo el tiempo que lo necesites.

Y pensar que hace unos cuantos meses me encontraba llorando en una banca. Ayer sentí el impulso de llorar, ¿sabes? Pero esta vez fue muy distinto. Ayer sólo me sentía inmensamente feliz de haberte conocido, y quise quedarme un rato allí. Ahora estás aquí y quisiera que te quedaras en mi corazón mucho tiempo más.

SB

Monday, January 05, 2009

Llorar en una banca

I- El problema

¿Alguna vez has sentido un arrebato fulminante de tristeza en un lugar público, que te haga pensar en la posibilidad de convertirte en una magdalena andante en un lugar considerado poco propicio (por ejemplo, Paseo de la Reforma)?

¿Qué fue lo que hiciste? ¿Te enjugaste las lágrimas lo más pronto posible y corriste al lugar más seguro? ¿Reprimiste con todas tus fuerzas el llanto hasta que estuvieras cobijado por las paredes de tu habitación? ¿O simplemente cediste al llamado de tus lagrimales y diste rienda suelta a tu miseria?

Basado en mi experiencia de hoy, he decidido dar respuesta a la milenaria y trascendental pregunta

¿Por qué la gente llora en las bancas?

II- La teoría (seguida de la práctica)

Después de mucho rumiar en mi mente esa pregunta he elaborado una teoría infalible, según la cual llorar en un lugar público puede reducirse a una mera, y casi perfecta transacción: El individuo A, que se siente con el derecho de aventarle en la jeta su dolor (y mucosidad) al mundo, ha decidido: 1) que esto le permitirá sentirse mejor, y que el costo es prácticamente nulo (salvo por las miradas raras, que discutiré más adelante) o bien 2) el costo de llorar en cualquier otro lugar es demasiado alto (intenta explicarle a tu jefa que la emoción por regresar al trabajo es igual a llegar al nirvana).

Cualquiera de los dos casos te llevará al mismo resultado (Individuo A llorando en una banca), mientras la pecera en la que te has convertido se vuelve foco de atención –o desprecio- para los transeúntes, y el mundo digiere tu porquería.

Dios, medité tanto en mi teoría que podría explicar si es un óptimo de Pareto o una simple maximización del beneficio, pero ¿a quién pitos le importa?

Regresando a mi historia, ésta empieza mientras me encontraba sentado sobre Paseo de la Reforma, devorando un chocolate que dobla el tamaño de mi mano (signo de que algo está mal), en la quinta repetición a todo volumen de “Ne me quitte pas” en el Ipod (signo de que se va a poner peor), y observando las parejas tomarse fotos teniendo de background a la Fuente de la Diana (señal ominosa de que ya me cargó la chingada).

Y, de repente, todo vino a mí: el viaje a Puebla, la fotografía con las montañas de fondo, la noche en el bar del hotel- que pintaba para convertirse en una de las más geniales de mi vida- justo antes de que espetara que “se había acostado con tanta gente en México que había perdido la cuenta.” Y de repente vino a mí todo lo otro: el trabajo que desprecio, mi plática el día anterior con el irresistible fauno lascivo (¿es eso un pleonasmo?), quien trajo a colación mi patética falta de sexo (que, de acuerdo con el fauno, se debe incuestionablemente a que duermo con pijama a rayas). Y para rematar, todo lo demás: el hecho de que ya se me habían acabado las vacaciones, mi dolor de cabeza (provocado por hacerla de mártir bajo el sol) y el que Starbucks haya descontinuado el cherry mocha.

Entonces, pasó.

Desboqué toda mi ira frustrada y mi tristeza en el mundo, mientras éste sólo me pagaba con miradas que oscilaban entre la ternura y la indiferencia.

Lo cual me lleva a la segunda parte de este post (está de más decir que mi historia terminó cuando se acabaron los kleenex… y mi hora de comida).

III- El aprendizaje


Medio paquete de pañuelos después, mi tristeza dio paso a una especie de curiosidad morbosa, la cual me llevó, lejos de detener mi llanto, a combinarlo con el sutil arte de poner un poco de atención a la forma en que los cristianos que habían tenido la mala suerte de encontrarme en su camino se enfrentaban a tan deplorable escena. A partir de ahí, desarrollaré la otra milenaria y ancestral pregunta:

¿Cómo te mira la gente cuando lloras en una banca?

Mi observación me ha hecho concluir que sólo existen cuatro tipos de reacciones posibles (si alguien ha llevado la proeza más lejos que yo, agradecería su retroalimentación) :

El Gañán: No hacer nada y/o hacer como si no te hubieran visto (no vale la pena explicarse)

El Principito: Tus lágrimas activan esa pequeña Madre Teresa que todos llevamos dentro, remueven las capas profundas de indiferencia de las que nos ha cubierto la ciudad, despiertan el sentimiento maternal hacia ti y llevan a la gente a dudar entre abrazarte, aventarte un cobertor, regalarte una hogaza de pan duro o dedicarte una canción de Roberto Carlos. Sin embargo, cuando se dan cuenta que eso los haría parte del show, optan por cubrirse de nuevo de indiferencia y proseguir su camino.

The Wal-Mart Guy: Juan regresa a su casa después de trabajar catorce horas, preocupado por cómo va a pagar la hipoteca de su casa, arreglar su matrimonio, visitar a su madre paralítica, comprar los juguetes de reyes y, ¿qué encuentra? Un zopenco destrozado porque la pijama a rayas ha arruinado su vida sexual y porque Starbucks descontinuó el cherry mocha. “Ah, no, eso sí que no… ésas son chingaderas, para problemas los míos. Tanta pendejada en el mundo, ¿y luego eso?”. No, no lo dijo, pero lo pensó (no sin antes pensar otras mil veces “maldito puto”). Su mirada me lo dijo todo, y opté por voltear y seguir llorando hacia otro lado.

Jean Succar Kuri: Advierto que este último modelo podría no estar disponible en todas las localidades (especialmente Ciudad Neza, la Colonia Morelos, la colonia Independencia en Monterrey y San Juan de la Milpa). Sin embargo, por tratarse de una banca estratégicamente localizada a unos metros de la Zona Rosa, debí enfrentarme a un par de pederastas por cuyas mentes torcidas pasó la idea de “si me siento a su lado y le digo una frase bonita de postal, chance y me lo ando cogiendo”, razón por la cual decidí dar por terminado al experimento y regresar a lo mío.


IV- Conclusión

¿Me sentí mejor? ¿La compasión de las personas me hizo llenarme de alegría? ¿se puede comer chocolate mientras mensajeas a tu amigo por celular, te enjugas las lágrimas y guardas el paquete de kleenex?

Tal vez mi teoría no sea perfecta pero, ¿saben qué? Me gusta la transacción y, sin dudarlo, volvería a llorar en una banca, mientras el mundo gira a mi alrededor y sin otra moneda con qué pagarme más que las miradas fuera de lugar.

Y tú, ¿has llorado en una banca?

Sunday, November 02, 2008

Rechazo

La cabeza me duele, tengo unas ojeras de mapache, la boca me sabe como si hubiera lamido autos viejos durante toda la noche y por si fuera poco, recibo llamadas y mensajes con consignas como: "vaya que estabas borracho, eh?"; "estás bien?" o, en el peor de los casos, un "quién eres? deja de estarme molestando".


Y aún así, cuando llega la hora mágica el viernes, la hora de salida, mi cuerpo siente ese cosquilleo avisándome que estoy a punto de subirme a la montaña rusa, que mi fin de semana se va a evaporar en dos patadas y que, cuando menos me dé cuenta, estaré de regreso en la oficina, cansado, harto, frustrado por no haber conocido a nadie a pesar del efecto deshinibidor del primer trago, y que me estaré haciendo la misma pregunta que la semana pasada.

¿Por qué demonios sigo saliendo?

Y entonces comenzaré a recordar los intentos de abordaje, el acoso y las técnicas fallidas que emplée durante toda la noche, empeñándome por no dormir solo una noche más. Recordaré las bateadas, los strikes y todo el esfuerzo que hice por ligarme a un tipo que ni siquiera habría volteado a ver estando sobrio.

Recordaré a todos mis antiguos galanes, de adelante para atrás, empezando por mi último fracaso. Reconstruyendo esa historia una y otra vez, preguntándome porqué el fulano dejó de responder mis llamadas después de acostarnos, haciendo berrinche mientras inicio otra nueva ronda de vodka, buscando furtivamente. Cazando, acosando. Sacando el celular a las cuatro de la mañana, empecinado en obtener una respuesta de una historia que terminó hace meses.

¿Es más grande mi necesidad de no estar solo que mi sentido común? ¿Vale más un acostón que la salud de mi psique?

Aparentemente sí.

Y pensándolo bien, qué bueno que el tipo me bateó.

Tuesday, October 21, 2008

Oficios y beneficios

Me gusta, definitivamente me gusta. Esos ojos verdes, esa sonrisa perfecta. Su sencillez, su sensibilidad. No hay duda, me encanta.

Pero,
- ¿Saldría con alguien que no está totalmente comprometido con lo que hace?

Eso me pregunté hace dos años, un par de semanas después de estar saliendo.

Hace rato nos tomamos un café, y la pregunta me volvió de nuevo a la cabeza. ¿Qué tan importante es la vida profesional cuando llega el momento de salir con alguien?
Y no, para variar esta vez no me refiero al sexo. No, hablo de ese proceso de cortejo que eventualmente podría llevar a algo más. ¿Saldrías con alguien que detesta su carrera y vive frustrado por ello? ¿Saldrías con alguien cuya máxima aspiración es ser gerente de un McDonald’s? ¿Saldrías con un payaso, un cirquero, un rockero o un paramédico? Asumiendo que la respuesta es sí, ¿cómo impactaría su profesión y la pasión con la que la desempeñe los sentimientos que tienes por él? No me digas que eso no importa, que al final lo que cuenta es que se quieren y punto. Porque no es lo mismo encontrar un portafolios en la sala de tu casa que un par de zancos y un bombín. ¿O sí?

Por supuesto que no. Y, por lo tanto, consciente o inconscientemente siempre tendremos un juicio de valor respecto a la ocupación de nuestro “significant other”.

Pero, aún suponiendo que no hay problema alguno con el oficio del susodicho.¿Qué pasaría si el rumbo que ha escogido para su vida no lo satisface del todo? ¿te molestaría? ¿Sería un impedimento para salir con alguien? ¿Querrías igual a un rockero mediocre que a un super-star? ¿Te engancharías con el mediocre sólo porque te encanta e intentarías encauzarlo para que abrace su profesión?.... ¿Qué no para eso está su mamá?

Con tantas variables qué pensar, y tan poco tiempo para procesarlas, lo pensaré muy bien antes de meterme de nuevo en un lío preguntando algo tan estúpido como…

- Y tú, ¿estudias o trabajas?