I- El problema
¿Alguna vez has sentido un arrebato fulminante de tristeza en un lugar público, que te haga pensar en la posibilidad de convertirte en una magdalena andante en un lugar considerado poco propicio (por ejemplo, Paseo de la Reforma)?
¿Qué fue lo que hiciste? ¿Te enjugaste las lágrimas lo más pronto posible y corriste al lugar más seguro? ¿Reprimiste con todas tus fuerzas el llanto hasta que estuvieras cobijado por las paredes de tu habitación? ¿O simplemente cediste al llamado de tus lagrimales y diste rienda suelta a tu miseria?
Basado en mi experiencia de hoy, he decidido dar respuesta a la milenaria y trascendental pregunta
¿Por qué la gente llora en las bancas?
II- La teoría (seguida de la práctica)
Después de mucho rumiar en mi mente esa pregunta he elaborado una teoría infalible, según la cual llorar en un lugar público puede reducirse a una mera, y casi perfecta transacción: El individuo A, que se siente con el derecho de aventarle en la jeta su dolor (y mucosidad) al mundo, ha decidido: 1) que esto le permitirá sentirse mejor, y que el costo es prácticamente nulo (salvo por las miradas raras, que discutiré más adelante) o bien 2) el costo de llorar en cualquier otro lugar es demasiado alto (intenta explicarle a tu jefa que la emoción por regresar al trabajo es igual a llegar al nirvana).
Cualquiera de los dos casos te llevará al mismo resultado (Individuo A llorando en una banca), mientras la pecera en la que te has convertido se vuelve foco de atención –o desprecio- para los transeúntes, y el mundo digiere tu porquería.
Dios, medité tanto en mi teoría que podría explicar si es un óptimo de Pareto o una simple maximización del beneficio, pero ¿a quién pitos le importa?
Regresando a mi historia, ésta empieza mientras me encontraba sentado sobre Paseo de la Reforma, devorando un chocolate que dobla el tamaño de mi mano (signo de que algo está mal), en la quinta repetición a todo volumen de “Ne me quitte pas” en el Ipod (signo de que se va a poner peor), y observando las parejas tomarse fotos teniendo de background a la Fuente de la Diana (señal ominosa de que ya me cargó la chingada).
Y, de repente, todo vino a mí: el viaje a Puebla, la fotografía con las montañas de fondo, la noche en el bar del hotel- que pintaba para convertirse en una de las más geniales de mi vida- justo antes de que espetara que “se había acostado con tanta gente en México que había perdido la cuenta.” Y de repente vino a mí todo lo otro: el trabajo que desprecio, mi plática el día anterior con el irresistible fauno lascivo (¿es eso un pleonasmo?), quien trajo a colación mi patética falta de sexo (que, de acuerdo con el fauno, se debe incuestionablemente a que duermo con pijama a rayas). Y para rematar, todo lo demás: el hecho de que ya se me habían acabado las vacaciones, mi dolor de cabeza (provocado por hacerla de mártir bajo el sol) y el que Starbucks haya descontinuado el cherry mocha.
Entonces, pasó.
Desboqué toda mi ira frustrada y mi tristeza en el mundo, mientras éste sólo me pagaba con miradas que oscilaban entre la ternura y la indiferencia.
Lo cual me lleva a la segunda parte de este post (está de más decir que mi historia terminó cuando se acabaron los kleenex… y mi hora de comida).
III- El aprendizaje
Medio paquete de pañuelos después, mi tristeza dio paso a una especie de curiosidad morbosa, la cual me llevó, lejos de detener mi llanto, a combinarlo con el sutil arte de poner un poco de atención a la forma en que los cristianos que habían tenido la mala suerte de encontrarme en su camino se enfrentaban a tan deplorable escena. A partir de ahí, desarrollaré la otra milenaria y ancestral pregunta:
¿Cómo te mira la gente cuando lloras en una banca?
Mi observación me ha hecho concluir que sólo existen cuatro tipos de reacciones posibles (si alguien ha llevado la proeza más lejos que yo, agradecería su retroalimentación) :
El Gañán: No hacer nada y/o hacer como si no te hubieran visto (no vale la pena explicarse)
El Principito: Tus lágrimas activan esa pequeña Madre Teresa que todos llevamos dentro, remueven las capas profundas de indiferencia de las que nos ha cubierto la ciudad, despiertan el sentimiento maternal hacia ti y llevan a la gente a dudar entre abrazarte, aventarte un cobertor, regalarte una hogaza de pan duro o dedicarte una canción de Roberto Carlos. Sin embargo, cuando se dan cuenta que eso los haría parte del show, optan por cubrirse de nuevo de indiferencia y proseguir su camino.
The Wal-Mart Guy: Juan regresa a su casa después de trabajar catorce horas, preocupado por cómo va a pagar la hipoteca de su casa, arreglar su matrimonio, visitar a su madre paralítica, comprar los juguetes de reyes y, ¿qué encuentra? Un zopenco destrozado porque la pijama a rayas ha arruinado su vida sexual y porque Starbucks descontinuó el cherry mocha. “Ah, no, eso sí que no… ésas son chingaderas, para problemas los míos. Tanta pendejada en el mundo, ¿y luego eso?”. No, no lo dijo, pero lo pensó (no sin antes pensar otras mil veces “maldito puto”). Su mirada me lo dijo todo, y opté por voltear y seguir llorando hacia otro lado.
Jean Succar Kuri: Advierto que este último modelo podría no estar disponible en todas las localidades (especialmente Ciudad Neza, la Colonia Morelos, la colonia Independencia en Monterrey y San Juan de la Milpa). Sin embargo, por tratarse de una banca estratégicamente localizada a unos metros de la Zona Rosa, debí enfrentarme a un par de pederastas por cuyas mentes torcidas pasó la idea de “si me siento a su lado y le digo una frase bonita de postal, chance y me lo ando cogiendo”, razón por la cual decidí dar por terminado al experimento y regresar a lo mío.
IV- Conclusión
¿Me sentí mejor? ¿La compasión de las personas me hizo llenarme de alegría? ¿se puede comer chocolate mientras mensajeas a tu amigo por celular, te enjugas las lágrimas y guardas el paquete de kleenex?
Tal vez mi teoría no sea perfecta pero, ¿saben qué? Me gusta la transacción y, sin dudarlo, volvería a llorar en una banca, mientras el mundo gira a mi alrededor y sin otra moneda con qué pagarme más que las miradas fuera de lugar.
Y tú, ¿has llorado en una banca?